Introducción al Tiempo

Persistencia de la memoria, Salvador Dalí, 1931, MOMA

I.  La pregunta que nunca desaparece

Hay una pregunta que visita a todos los seres humanos, antes o después, sin importar dónde nacieran ni en qué cultura ni con qué creencias: ¿qué es el tiempo?

Aparece de muchas formas distintas. Aparece cuando vemos una vieja foto de una persona que amamos y nos preguntamos cómo es posible que tantos años hayan pasado. Aparece cuando esperamos noticias importantes y los minutos se hacen tan largos que no parecen avanzar. Aparece cuando estamos absortos en algo que nos importa y al levantar la vista descubrimos que se ha hecho de noche sin que lo notáramos. Aparece, sobre todo, cuando alguien que queríamos muere y nos damos cuenta de que el tiempo, que parecía un hilo continuo, contiene un antes y un después que ya no se tocan.

La pregunta no se va. Cada generación la hace de nuevo, con sus propias palabras. Cada una sus propias circunstancias particulares. Cada respuesta deja en pie lo esencial.

“Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.”

— San Agustín, Confesiones XI.14 (c. 397–400)

Agustín nombró, hace mil seiscientos años, lo que cualquiera de nosotros puede comprobar ahora: el tiempo es algo que vivimos con perfecta familiaridad y que, sin embargo, no podemos definir cuando intentamos hacerlo. Es como respirar. Lo hacemos a cada instante.

Y sin embargo, no es una pregunta inútil. Cómo entendemos el tiempo afecta a casi todo lo que hacemos con nuestra vida. Cómo amamos. Cómo recordamos. Cómo nos despedimos. Cómo esperamos. Cómo trabajamos. Cómo descansamos. La pregunta merece atención precisamente porque es tan cercana que pasa desapercibida.

II.  Tres relojes diferentes

Para empezar, conviene reconocer que cada uno de nosotros vive con tres relojes distintos al mismo tiempo.

El primer reloj es el de la pared. Este reloj es público, regular, compartido. Es el tiempo del calendario, del tren, de la cita médica. Lo medimos con precisión y nos ponemos de acuerdo en él.

El segundo reloj es interior. Es el reloj que dice que una hora en la sala de espera de un hospital es más larga que una hora en una conversación con un amigo querido y que cinco minutos parezcan eternos cuando esperamos una noticia importante. Este reloj no marca lo mismo que el de la pared. Y, sin embargo, lo que marca para mi es real. No es una ilusión. Es la forma en que el tiempo se siente desde dentro de la vida.

El tercer reloj es el más profundo y el menos hablado. Es el reloj que distingue lo que nos cambia de lo que pasa por nosotros sin dejar huella. Una conversación de quince minutos puede haber alterado el resto de nuestra vida. Un año de rutina puede haberse evaporado sin que nada en nosotros sea distinto. Este reloj no mide duración. Mide peso. Mide cuánto de lo que ha pasado ha entrado realmente en quienes somos, el peso cualitativo del tiempo.

Los tres relojes funcionan a la vez en cada uno de nosotros, todo el tiempo. El reloj de la pared, el reloj interior y el reloj del peso. Y cada uno de ellos nos dice algo verdadero sobre el tiempo, algo que los otros dos no nos pueden decir solos.

III.  Lo que está en juego.

Los problemas empiezan cuando uno de los tres relojes pretende ser el único válido, o cuando los confundimos entre sí. La cultura moderna ha tendido a tratar el reloj de la pared como si fuera el único real, y a desconfiar de los otros dos. Esto tiene un coste.

Cuando solo damos crédito al reloj de la pared, terminamos viviendo como si la duración fuese el único registro del tiempo. Una hora es una hora, decimos, como si la calidad de esa hora no importara. Sentimos entonces que el tiempo siempre nos persigue, siempre nos falta, siempre se acaba. Confundimos vivir con producir y descansar con apagarnos. La hora con el amigo y la hora atrapados en un atasco se contabilizan igual.

Cuando, por el contrario, solo damos crédito al reloj interior, terminamos pensando que el tiempo es puramente subjetivo, una construcción de la mente, algo que no tiene realidad fuera de nosotros. Esto también es un error. Las estaciones existen. Los planetas giran. Las personas envejecen. La hora del tren es real, la sensación del tiempo en tu interior salta del pasado al futuro posible en un instante.

El tercer reloj — el del peso cualitativo del tiempo experimentado

Hay días que cambian una vida y semanas que no dejan rastro. Hay encuentros de minutos que tienen más significado y peso ontológico que horas de rutina. Si no reconocemos esto, no entendemos por qué algunas cosas nos transforman y otras no, por qué unas conversaciones quedan grabadas para siempre y otras se olvidan, por qué un duelo no se resuelve por el paso del tiempo.

La salud, el amor, el duelo, el sentido, la memoria — todos quedan incompletos, incoherentes y disonantes cuando los registros del tiempo se ignoran, se confunden o se calcifican.

La cuestión, entonces, no es elegir entre los relojes. Es aprender a sostenerlos juntos. A reconocer que cada uno mide algo verdadero y que ninguno mide solo, lo verdadero.

IV.  Lo que la ciencia nos ha dicho sobre el tiempo

Conviene saber, brevemente, lo que la ciencia ha establecido con rigor sobre el tiempo, para situar nuestra propia experiencia en el panorama más amplio.

Durante dos siglos y medio — desde Isaac Newton hasta principios del siglo XX — la física trabajó con la idea de que el tiempo es absoluto. Newton escribió, en sus Principia (1687), que el tiempo «fluye uniformemente, sin relación con nada externo». El tiempo era el escenario sobre el que ocurrían los acontecimientos, igual para todos los observadores, idéntico en cualquier parte del universo. Esta idea funcionó tan bien para la mecánica clásica que parecía obviamente verdadera.

En 1905, Albert Einstein cambió el cuadro. Su Teoría de la Relatividad Especial mostró que el tiempo no es absoluto: dos observadores que se mueven a velocidades distintas no medirán el mismo intervalo entre dos sucesos. El tiempo, demostró Einstein, está entrelazado con el espacio en una sola estructura: el espacio-tiempo. Diez años más tarde, su Teoría de la Relatividad General añadió que la gravedad curva el espacio-tiempo, y por tanto el tiempo pasa más despacio cerca de un cuerpo masivo. No como metáfora: medible con relojes atómicos. El reloj que está en la cima de una montaña corre un poquito más rápido que el reloj que está al nivel del mar. Lo verificamos cada día con los satélites del GPS.

Más recientemente, algunos físicos han propuesto interpretaciones aún más radicales. La interpretación del «universo bloque» sugiere que el pasado, el presente y el futuro existen todos a la vez, y que la sensación de fluir es solo una característica de cómo lo percibimos los seres conscientes. Otros, como Lee Smolin y Carlo Rovelli, han defendido al contrario que el tiempo es lo más real de todo. La discusión sigue abierta.

“El tiempo es quizá el mayor misterio. La sensación familiar del tiempo que pasa, ese hilo que nos arrastra del nacimiento hacia la muerte, no se encuentra en las ecuaciones de la física fundamental.”

— Carlo Rovelli, El orden del tiempo (2017)

Lo que la ciencia ha establecido con rigor, entonces, es que el tiempo no es lo que ingenuamente pensábamos. No es absoluto. Está ligado al espacio. Está ligado a la gravedad. Y, en muchas ecuaciones fundamentales, el tiempo es simétrico: las leyes funcionan igual hacia atrás que hacia adelante. Pero la experiencia que tenemos del tiempo — el flujo, la dirección, el peso — no aparece en estas ecuaciones. Esto es importante. La ciencia no niega nuestra experiencia. Simplemente no la describe.

V.  Lo que la experiencia nos ha dicho sobre el tiempo

La otra gran tradición — la que atiende al tiempo desde dentro — ha sido tan rigurosa como la científica, aunque con métodos distintos. Lleva más de dos mil años desarrollándose, desde los primeros filósofos griegos hasta la fenomenología contemporánea, y ha producido descripciones muy precisas de cómo el tiempo se nos da en la experiencia.

Henri Bergson, a finales del siglo XIX, distinguió dos tipos de tiempo: el tiempo espacializado de los relojes y la durée (duración) de la vida vivida. La durée no se puede dividir en instantes separados sin perder lo que la hace tiempo. Es un fluir continuo, cualitativo, que cada momento contiene los anteriores. Edmund Husserl, en sus Lecciones sobre la conciencia interna del tiempo (1905), describió el presente como una estructura compuesta por tres movimientos: la retención (lo que acaba de pasar y aún resuena), la impresión primordial (lo que está ocurriendo ahora) y la protención (lo que estamos esperando ya). Heidegger, en Ser y Tiempo (1927), llevó la cuestión más lejos: la temporalidad es la estructura misma de lo que somos.

Cualquier vida humana lo confirma. Conocemos la lentitud y la aceleración del tiempo en la crisis: Conocemos la lentitud y la aceleración del tiempo en la rutina: Conocemos los momentos que se vuelven permanentes.

Esto no son ilusiones que la mente se inventa. Son maneras genuinas en que el tiempo se da. Una hora de presencia genuina con alguien a quien amamos no contiene la misma cantidad de tiempo que una hora de tedio en un aeropuerto.

“Hay momentos en los que sentimos que en el tiempo cabe algo que no es del tiempo.”

— Henri Bergson, Las dos fuentes de la moral y la religión (1932)

La tradición fenomenológica ha mostrado, con tanto rigor como la física, que el tiempo vivido tiene su propia estructura, sus propias leyes, sus propias variaciones. No es una versión confusa del tiempo de los relojes. Es otro modo en que el mismo tiempo se nos da, se nos presenta.

VI.  La grieta entre los dos

Y aquí llegamos al problema honesto. Tenemos dos tradiciones rigurosas — la física y la fenomenología — que han descrito cada una un tiempo distinto, con sus propias leyes y sus propias verificaciones. Y los dos tiempos no se reducen el uno al otro. La física no puede derivar el tiempo vivido a partir del tiempo de las ecuaciones. La fenomenología no puede derivar el tiempo de los relojes a partir de la durée. Han descrito, cada una desde su lado, dos cosas verdaderas. Y no han encontrado todavía cómo encajan.

VII.  Por qué esta conversación importa

El amor es un fenómeno temporal: requiere paciencia, espera, presencia sostenida, memoria, anticipación.

La calidad de la espera depende de qué reloj escuchamos. La impaciencia es el reloj de la pared sin los otros dos. La paciencia es la armonía de los tres.

La paz no es ausencia de tiempo, es presencia del tiempo plenamente articulado.

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